Los gritos de Liliana se escucharon en toda la cuadra, y después los vidrios de su casa reventaron impregnados de sangre y esa sustancia rosada y pegajosa. Daniel se enteró, no por los gritos, no por las vísceras en la calle... sino porque la mano de su novia llegó hasta su patio, luciendo el pomposo anillo de compromiso que le había regalado...
Está como pegajosa la vuelta.
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