miércoles, 2 de junio de 2010

30. Herencia

Aunque la pasaba bastante bien con Laura, un día David se dió cuenta de cuánto extrañaba a Maribel. A pesar de que no tenía nada consensuado con ninguna de las dos mujeres, más que días planeados para follar y el turno de los orgasmos, no pudo borrar nunca de su memoria la cara de Maribel,en el instante en que lo descubrió besando a Laura en la salida de una galería. Un beso lujurioso, lleno de caricias mutuas interrumpido por el llamado entrecortado de la muchacha. David se separó de Laura lentamente, los ojos se abrieron tranquilos y la lengua todavía saboreaba su esencia en los labios. De la profundidad de los ojos de Laura dirigió su mirada hacia la fuente de la dudosa voz que lo llamaba, ahí estaba Maribel con los ojos abiertos de par en par, agitación en el pecho y tensión fracturante en los hombros que le levantaban los senos divinamente. David se dio cuenta de las emociones de Maribel pero lo ocultó. Con naturalidad impostada caminó sonriendo y mirándola fijamente a los ojos y a los senos, la abrazó y la saludó con un sonoro beso en la boca. -¿Cómo estás cosota?-. Desde ese día no tuvo noticias de Maribel, intentó buscarla infructuosamente a través de varios canales; después de dos semanas perdió el interés. Transcurrió cerca de un mes hasta que llegó a su casa un sobre rosado, en el que con letras cursivas rojas hechas a mano se leía: Bienvenido.

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