Fernando Bertoli por fin tuvo ante sus ojos la primera historia interesante a lo largo de su corta y recién iniciada carrera de periodista. Hizo sus prácticas profesionales en uno de los diarios que se autoproclaman "serios", y ese año degustó, cada día con más intensidad, la pequeña pero aterradora sinonimia entre ser "serio" y ser "aburrido". Fue por eso que después de obtener el título universitario no hizo más que esperar y presionar sutilmente a que surgiera un puesto de trabajo en el diario en que se había propuesto trabajar, Crónica. Sólo debió esperar tres meses hasta que consiguió su actual empleo de periodista raso en uno de los diarios que en vez de declararse "serio", prefiere declararse "amarillo", y esta honestidad era lo que más le fascinaba. Dos meses yendo de un punto a otro cubriendo riñas, uno que otro asalto de algún kiosko en el conurbano, un choque de alguna viejita con algún taxista y que por algún motivo termina a los disparos; pero nada realmente emocionante. Sentía cómo su olfato periodístico comenzaba a afinarse, a volverse exigente y exquisito: -Esto va estar grande-, se dijo mientras entraba al 523 de la calle Pringles, llena de policías y forenses, caminando con cuidado, paso por paso para no irse a resbalar con la sangre, pedazos de carne y esa sustancia rosada esparcida por doquier. Abrió su libreta de apuntes y, con una sonrisa gloriosa, comenzó a tomar nota sin parar.
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