-Contame más Rubén, no me podés dejar así-, Laura sirvió más vino, la botella se terminó. Rubén se quedó mirándola. -Hace dos meses me ofrecieron investigar una historia que prometía bastante, giraba alrededor de unos hechos acontecidos en el 523 de la calle Pringles, en el barrio de Almagro; la casa estuvo desocupada mucho tiempo y eso era lo normal para sus vecinos, pero de un día para otro empezaron a notar la presencia de extraños personajes, gente que entraba en las noches; algunos, la mayoría, salían antes del amanecer pero otros permanecían allí-. Laura saboreaba su copa de a pocos siguiendo atenta las palabras de Rubén. -De noche se llegaban a oir ruidos desde las casas vecinas, música y en ocasiones gritos; llamaron a la policía en varias ocasiones, pero esta siempre llegaba tarde, nadie les abría la puerta, ya no habían ruidos y no habían motivos suficientes para hacer una redada-. Laura miraba atenta los labios de Rubén. -Una noche hubo más ruido de lo usual, más gritos, más movimiento en la casa; cuando comenzaba a amanecer las puertas se abrieron de golpe y miles de pasos contra el pavimento anunciaban la huída afanosa de quienes permanecían allí adentro; se esparcieron por todas partes, cada uno con un rumbo diferente, imposibles de seguir, aunque algunos testigos afirmaron que una camioneta blanca y de vidrios oscuros se llevó a varios en su interior; la puerta de la casa quedó abierta-. Rubén sacó de su pantalón un paquete de Camel, agarró un cigarrillo, lo sacudió contra su pierna sana y lo encendió. -Los vecinos entraron a la casa, la oscuridad interior les impedía ver, pero cuando por fin encendieron una linterna se quedaron aterrorizados con lo que pudieron apreciar: pedazos de carne por todas partes, tripas, huesos, sangre y esa sustancia rosada y pegajosa esparcida por doquier, y en medio del suelo, la cabeza de una joven mujer, con su cara aterrorizada y los ojos salidos y colgando-.
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